Por: Daniela Villanueva
Continentes, países, estados, ciudades, municipios…, todas fronteras que
delimitan quienes son unos y quienes son otros, fronteras que dividen y hacen
del egoísmo el principal actor.
Nos han insertado un chip desde que nacemos para que tengamos claro a
dónde pertenecemos y de dónde vienen los demás, nos han remarcado nuestras
diferencias pero jamás han hablado de nuestras similitudes.
Y lo anterior ha traído una consecuencia muy grave a la población
mundial e incluso a otras especies: la destrucción.
El hombre se está destruyendo a sí mismo, el hombre piensa en su patria
y con el afán de “defenderla”, comete atrocidades que ponen en peligro la
identidad de sus semejantes.
Y se ha visto con los múltiples atentados y ataques que se han realizado
en los últimos meses. ¿Y qué hacen? Contraatacan, creyendo que la solución
contra la violencia es más violencia e intentan imponer para demostrar quién es
el que manda más.
El hombre debe de entender que lo que hace no es correcto, que las
fronteras lo único que hacen es dividir y que todos pertenecemos a un mismo
mundo, un mundo al que ellos mismos han seccionado.
No importa de qué lado del globo terráqueo vivas, cada persona merece
ser tratada con el mismo respeto y entre todos deberíamos cuidar a nuestra
especie y no destruirla. Y si ese momento llega, habremos alcanzado
posiblemente la perfección.
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